Bernardo J. de Cólogan y Cólogan [1847-1921]
Las vidas de los diplomáticos suelen ser apasionantes e intensas. Probablemente en el pasado lo fueron mucho más porque las distancias ahondaban en las diferencias culturales. En este caso Bernardo Cólogan tuvo la suerte de vivir en destinos no solo lejanos sino conflictivos en una época donde el poder colonial europeo se imponía en muchos lugares del mundo. España entonces solo era una sombra de lo que fue en tiempos pretéritos y sus diplomáticos mantenían el tipo como buenamente podían. Tras los primeros destinos en Grecia y el Imperio Otomano, la América española acogió sus primeros pasos. Inicialmente en Colombia en 1881 donde inauguró nuestras relaciones diplomáticas. Luego en Venezuela, muy próximo al conflicto de los independentistas cubanos. En México, donde los norteamericanos deseaban influenciar. En esos países no tuvo mayores conflictos pese a que con ellos España mantenía una compleja relación postcolonial que había que manejar con delicadeza dejando atrás el hecho que fueran parte de nuestro enorme imperio.
Pero Cólogan no mostró ahí sus mejores desempeños, porque el destino le aguardó uno más remoto, China o el Imperio del Centro. Saber porque fue destinado hasta allí es un misterio, tal vez por su facilidad para los idiomas o tal vez porque ya había estado allí cuando solo tenía 22 años como joven de lenguas. El caso es que en 1895 retornó a Pekín con cincuenta años y el azar le colocó como decano de todos los representantes diplomáticos cuando el levantamiento popular de los bóxers llegó a su punto álgido. España poco o nada se jugaba en aquella afrenta, pero él supo jugar sus bazas y, de forma individual, sin mayor respaldo que sus dos secretarios, se impuso como el representante de occidente tras los 55 días del brutal asedio. Ahí es cuando explotó su buen hacer como negociador entre Oriente y Occidente, pero mejor no desvelar nada de esto pues él mismo se encargó de documentarlo y traerlo bajo el brazo en un glorioso libro de recuerdos del que nadie supo su existencia hasta 2008.
El libro en pliegos...
Cierto es que en la historia española ningún otro diplomático se vio envuelto en semejante negociación que enfrentaba a las mayores potencias mundiales. Por semejante responsabilidad cobra sentido que Cólogan pase a ser considerado como uno de los cinco mejores diplomáticos de la historia de nuestro país. Visto ahora sería como si un diplomático español se viera dirigiendo las negociaciones entre la OTAN y Rusia delimitando el reparto de los territorios de la Europa Oriental.
Lejos de terminar ahí su vida profesional, regresó a España en 1902, encumbrado y presto a llevar las riendas de un destino en cualquier gran capital europea. Pero el curso de la historia lo envió a Tánger, en África, donde nuevamente las potencias europeas dirimían sus diferencias, que terminaron en la conferencia de Algeciras de 1906. De gran en gran destino su carrera le llevaría de nuevo a América, al país de su mujer, México. España necesitaba nuevamente de él para solventar un papel espinoso. Los Estados Unidos, donde había sido embajador, asumían que aquel país era su patio trasero, en un momento de cambios y revueltas populares, fruto de convulsas luchas políticas. En ese estado había que lidiar también con las presiones de los emigrantes españoles, destacados empresarios, que reclamaban de la metrópoli el envío de un diplomático que les defendiera. El resultado fue violento y trágico, una seña de identidad en todos sus destinos.
Carlos Cólogan Soriano. Junio de 2015

